¿Resolución o resignación a los problemas estructurales?
Hay una tendencia que lleva una década ganando terreno, en cursos privados, en programas de bienestar corporativo y también en departamentos de RR.HH. Ha llegado, incluso a algunos servicios públicos: si practicas la atención consciente o mindfulness, todo lo que te incomoda —la ansiedad, el insomnio, el trabajo precario, el jefe que te desborda o cualquier otra tensión o sinrazón— dejará de disturbarte. El mindfulness te cambiará la vida. Será, dicen, un antes y un después. Y si no lo practicas, la culpa será tuya y estarás muy disturbado.
He escuchado esa tendencia en consultoría unas cuantas veces Y cada vez que la escucho reconozco el mismo circuito de pensamiento: una experiencia de daño o de fricción real que, en lugar de abordarse se disfraza bajo una técnica que promete paz y que evite afrontar la necesidad de realizar cambios estructurales.
Conviene hablar de esto. Y conviene hacerlo con los datos por delante.
LO QUE DICE LA EVIDENCIA
La aceptación masiva del mindfulness se apoya en dos argumentos. El primero es que el malestar que promete resolver va en aumento: según el Ministerio de Sanidad, el 34,3% de las mujeres y el 17,8% de los hombres retiraron el año pasado al menos un paquete de ansiolíticos, antidepresivos, somníferos e hipnóticos, y la incidencia de la ansiedad se ha duplicado en la última década. El segundo es que la ciencia respalda la práctica.
El segundo argumento resiste peor de lo que parece —aunque menos de lo que yo pensaba al empezar a escribir este texto. Dunigan Folk y Elizabeth Dunn, de la Universidad de British Columbia, publicaron en 2023 en Nature Human Behaviour una revisión de las cinco estrategias de felicidad más recomendadas en medios de comunicación: expresar gratitud, cultivar la sociabilidad, hacer ejercicio, practicar mindfulness o meditación, y pasar tiempo en la naturaleza. Revisaron 494 artículos. Su conclusión fue contundente: la eficacia de estas prácticas para aumentar la felicidad es incierta. Casi el 95% de los estudios sobre mindfulness, ejercicio y contacto con la naturaleza tenía una potencia estadística insuficiente para detectar beneficios reales, o no se había preregistrado —el estándar que hoy exige la psicología precisamente para frenar el sesgo hacia los resultados positivos. Solo 57 de los 494 artículos cumplían los criterios metodológicos actuales.
No es un hallazgo aislado. Ya en 2018, Kreplin, Farias y Brazil habían mostrado, en una revisión también publicada en el grupo Nature, que buena parte de la literatura pro mindfulness presentaba un sesgo sistemático hacia los resultados positivos.
No traigo esto para descalificar la práctica del mindfulness, sino porque en mi trabajo veo con frecuencia el movimiento que estos estudios ponen en cuestión: una técnica individual, respaldada por un prestigio científico se ofrece como respuesta suficiente (y a veces única) a algo que no es responsabilidad individual.
Más adelante en este texto voy a matizar esta misma evidencia. Pero conviene empezar por aquí, porque es el punto de partida que dio pie a esta reflexión.
EL MALESTAR QUE NO TOCA LA TÉCNICA
Cuando una organización financia formación en mindfulness pero no revisa la carga de trabajo, la precariedad del contrato o el deterioro del servicio que presta, está pidiendo a la persona que gestione internamente el monstruo o el malestar que la estructura le sigue produciendo. La atención consciente puede aliviar el síntoma un rato. No modifica su causa. Y cuando se le pide que lo haga, deja de ser una herramienta de bienestar y pasa a cumplir otra función: la de hacer más sostenible, para la persona y para la organización, que todo siga como está.
Esa función no es nueva ni es exclusiva del mindfulness. Es la misma que describí al hablar de spiritual bypassing en la consultoría: el uso de un vocabulario —antes espiritual, ahora terapéutico y secularizado— para no superar lo que hay que superar.
Solo cambia el envoltorio. La operación de fondo es idéntica: desplazar el peso de la responsabilidad desde quien produce el daño estructural hacia quien lo respira con los ojos cerrados.
LA MISMA COARTADA, OTRO VOCABULARIO
Ronald Purser, profesor en la Universidad Estatal de San Francisco y maestro budista —habla desde dentro de la tradición contemplativa budista— sostiene en McMindfulness (2019) que la práctica ha sido secuestrada por intereses capitalistas. Su tesis no dice que el mindfulness no funcione. Pero pone la atención en el uso indebido.
Refiere que ha dejado de ser una herramienta de transformación social para convertirse en una técnica de pacificación que refuerza exactamente el statu quo que debería poder cuestionar.
No es casualidad, recuerda, que las enseñanzas de Jon Kabat-Zinn se acogieran con tremendo entusiasmo, desde el principio, entre consejeros delegados de las grandes corporaciones.
Purser cita una encuesta de Gallup: las empresas estadounidenses pierden alrededor de 300.000 millones de dólares al año en bajas relacionadas con el estrés, y siete de cada diez empleados dicen sentirse desconectados de su trabajo. Frente a esa cifra, los programas corporativos de mindfulness enseñan a la persona a gestionar individualmente su estrés, sin que nadie revise lo que lo produce. El problema, insiste Purser, no es que el mindfulness no funcione. Es que se usa para no abordar las tensiones y desavenencias que generan los salarios precarios, las jornadas abusivas, la falta de personal o cualquier otro déficit de la arquitectura del potencial humano, etc. de una empresa.
En lugar de organizarse para cambiar el entorno, se aprende a aceptar lo inaceptable.
El ejemplo que más me ha hecho pensar, de los que trae Purser, es militar. El programa Comprehensive Soldier Fitness del Ejército de Estados Unidos recibió 10 millones de dólares dedicados específicamente a formación e investigación en mindfulness. El objetivo declarado no es el bienestar del soldado como fin en sí mismo, sino «optimizar el rendimiento del combatiente» —formar mejores tiradores. Eso solo es posible, sostiene Purser, porque la práctica se ha despojado del marco ético que originalmente la sostenía, hasta quedar reducida a una técnica de mejora atencional que sirve para cualquier fin que se le asigne.
El objetivo declarado no es el bienestar del soldado como fin en sí mismo. Es optimizar el rendimiento del combatiente — formar, dicho sin eufemismo, mejores tiradores.
El sistema nervioso individual detecta amenaza con independencia del relato consciente que se le superponga. Si una persona lleva años en un puesto que la desborda, en una relación laboral que la humilla o en una estructura que le exige más de lo que puede sostener, su cuerpo lo registra —en la tensión, en la respiración, en la activación de alarma, etc. Está quemado. Cuando la técnica le pide que respire conscientemente el mismo malestar en lugar de denunciarlo para poder hacer algo con él, se produce el doble vínculo perverso: el cuerpo dice peligro, la técnica pide calma. Esa contradicción sostenida solo desregula y confunde, además de cargar sobre el trabajador la responsabilidad y, además, resignarse con una sonrisa serena a seguirlo sosteniendo, «mindfulness mediante».
El cuerpo dice peligro, la técnica dice calma. Esa contradicción sostenida no resuelve nada. Desregula y confunde
Esto tiene nombre en la crítica al neoliberalismo: la responsabilización individual de riesgos que son colectivos. Cuando la precariedad, la sobrecarga o el deterioro de un servicio público o empresa se reformulan como un problema de gestión emocional privada, el coste de adaptarte se ubica íntegramente sobre el empleado, y la estructura que produce el malestar queda fuera de la conversación.
La resiliencia se convierte así en una virtud que se vende: cuanto más resiliente seas, menos necesita cambiar la organización que te agota.
EL CONTRAARGUMENTO: ¿ES LA CRÍTICA DEMASIADO SEVERA?
La revisión de Folk y Dunn no ha quedado sin respuesta, y conviene tomarse en serio también esa respuesta.
En agosto de 2024, Eli Puterman y sus colegas publicaron una réplica en la misma revista, Nature Human Behaviour, señalando limitaciones serias en la revisión original: una conceptualización de «felicidad» demasiado restrictiva, unos términos de búsqueda y criterios de inclusión que podrían haber dejado fuera estudios relevantes y la falta de adherencia a los protocolos establecidos para este tipo de revisiones sistemáticas. Puterman concluye que las conclusiones de Folk y Dunn son «prematuras y engañosas».
En 2026, un metaanálisis dirigido por Lowri Wilkie, de la Universidad de Swansea, también en Nature Human Behaviour, revisó 183 ensayos controlados aleatorizados con casi 23.000 participantes. Sus hallazgos apuntan en la dirección contraria a la de Folk y Dunn: las intervenciones mente-cuerpo —mindfulness, yoga, compasión— mostraron efectos moderados y consistentes; el ejercicio físico produjo beneficios comparables a muchas intervenciones psicológicas; los enfoques de psicología positiva también resultaron efectivos; y las intervenciones combinadas, ejercicio más mindfulness, mostraron las mejoras más significativas de todas.
Dos investigadores en mindfulness matizan además el argumento metodológico de fondo. Peter Malinowski señala que el hallazgo de Folk y Dunn no demuestra que estas prácticas no funcionen, sino que los estándares científicos han cambiado, y que buena parte de la investigación antigua —publicada antes de que esos estándares existieran— no puede descartarse solo por eso.
LO QUE SOSTENGO DESPUÉS DE LEER AMBAS PARTES
Ninguna de las dos posiciones agota la cuestión. Y el error, creo, está en presentarlas como excluyentes.
Hay algo que me parece claro. El mindfulness no es una panacea: Folk y Dunn tienen razón en que la evidencia es más débil de lo que sugiere el discurso popular, y en que la publicidad de la práctica ha ido con más rapidez que la ciencia que la respalda. También hay un problema real de apropiación: Purser acierta al señalar que el mindfulness se usa, con demasiada frecuencia, para desviar la mirada de problemas estructurales. Un programa corporativo que enseña a respirar mientras sostiene condiciones laborales tóxicas es síntoma de problemas que la técnica de la atención plena no puede resolver, soló sostener.
Hay algo que esa misma crítica, llevada al extremo, pasa por alto. La evidencia positiva existe: el metaanálisis de Wilkie, con sus 23.000 participantes, muestra que el mindfulness funciona, aunque no sea milagroso. Y la crítica de Purser confunde, en algunos tramos, el uso con la esencia. Jon Kabat-Zinn definió el mindfulness como la conciencia que emerge de prestar atención de manera intencionada, en el momento presente y sin juzgar —una definición que no promueve ni el aislamiento ni el conformismo, y que la investigación asociada a la práctica vincula con menos prejuicio, más comportamiento ético y más disposición a ayudar a otros.
El problema casi nunca es la técnica en sí. Es el contexto en el que se enseña y el objetivo al que se pone al servicio.
NINGUNA PRÁCTICA ES LA PANACEA — NI SIQUIERA PARA LA MAYORÍA
Hay una segunda evasión, menos señalada que la anterior, y que conozco bien porque trabajo a diario con ella: la de tratar el mindfulness como si fuera una talla única.
En Diseño Humano describimos la configuración electromagnética de una persona a través de su campo de potenciales único. No hay dos personas iguales. Esa arquitectura determina, entre otras cosas, cómo se relaciona esa persona con la quietud, con la observación del pensamiento propio y con la energía sostenida que exige una práctica diaria. No es lo mismo pedirle veinte minutos de meditación sentada a un Generador, cuya energía sacral está diseñada para responder y sostenerse en el hacer, que a un Coordinador (Proyector), cuya energía no es constante y para quien la misma exigencia puede resultar agotadora en lugar de reparadora. El nivel de información cognitiva que provee una Gráfica (L o R, left o right) es definitivo para ver qué práctica de calma le va bien o menos bien a cada uno, etc. Hay muchos niveles para ver qué herramienta le va mejor a cada uno y eso lo suelo observar en las sesiones individuales.
Ninguna de estas configuraciones es mejor que otra. Son, sencillamente, distintas. Una práctica pensada para calmar la mente de una manera concreta va a servir, a lo sumo, a la fracción de personas cuya arquitectura individual encaja con esa manera concreta. Al resto —que en mi experiencia de consultoría es la mayoría— se le va a pedir que insista en algo que no está diseñado para sostener, y que además se sienta culpable cuando no le funciona: «no lo estoy haciendo bien», «me falta disciplina», «no soy capaz ni de meditar».
El argumento se entrecruza con la crítica neoliberal que atraviesa este texto. Una solución universal, barata, escalable y que no exige tocar nada de lo insostenible de la estructura, de eso que está pidiendo reforma a gritos, es exactamente el tipo de producto que necesita el mercado del bienestar corporativo: algo que se pueda ofrecer igual a mil personas distintas sin distinguir entre ellas, y que además, cuando falla, atribuya el fallo a la persona y no al producto. Si el mindfulness no te funciona te dirán, que no practicaste lo suficiente o que lo haces de manera incorrecta.
Una solución universal, barata y escalable es exactamente el producto que necesita el mercado del bienestar corporativo. Cuando falla, el fallo se atribuye a la persona, no al producto.
Eso es diseño de producto. La estandarización ha resultado más rentable que la singularidad —cuesta menos ofrecer un único curso a toda la plantilla que diseñar condiciones de trabajo distintas para necesidades reales distintas—, y el discurso de la responsabilidad individual, tan cómodo para quien vende la solución, hace el resto: si la técnica o herramienta no funciona, el problema nunca es la técnica.
Esto vale también para cualquier marco que use en consultoría como método o no-método. Ningún análisis de campo de potenciales individual o de equipo es la panacea tampoco. Sirve para diseñar con gran precisión qué práctica, qué ritmo o qué exigencia encaja con una arquitectura concreta, individual o grupal — pero al menos ofrece datos concretos de la estructura, nombra los problemas, las fortalezas y las debilidades. Luego, lo que cada líder, individuo o empresa haga con esa información tan precisa, es responsabilidad suya, claro.
CONTEXTOS DONDE VEO QUE SUCEDE
En la consultoría individual
Llega una persona con un malestar concreto —jornadas que no terminan, un jefe que humilla, una decisión pendiente que no se atreve a tomar— y antes de terminar de contarlo ya está describiendo su rutina de meditación como si fuera la solución. Un acompañamiento maduro no descarta la práctica, pero la revisa y la organiza: primero lo que está pasando, con nombre y consecuencias; después, si aporta algo, la herramienta que ayuda a sostener el proceso de decidir. Nunca al revés.
En los equipos
Es donde el patrón sale más caro. Un equipo con fricción alta y en negociaciones con la dirección, resuelve pedir una sala para hacer mindfulness en horario de comida. La dirección, que no había cedido nunca a otras peticiones, accede encantada. Cada vez que lo recuerdo lo entiendo mejor como lo que fue: no una conquista, sino la petición más barata que un equipo agotado fue capaz de imaginar. Mientras tanto, la carga de trabajo seguía intacta y los problemas in crescendo. Perdieron la batalla, pero hicieron mindfulness. Es lo único que les concedieron para ser más obedientes.
En las organizaciones
El bienestar corporativo se ha convertido en una partida de presupuesto políticamente correcta: aplicaciones de meditación, talleres puntuales, alguna sesión de respiración antes de la reunión trimestral. No exige revisar el diseño de los puestos, la política de plantilla ni la carga real de trabajo. La atención consciente, usada así, no es una política de bienestar. Es un sustituto de la política de bienestar.
El bienestar corporativo, usado así, no es una política de bienestar, sino su sustituto.
EL MINDFULNESS NO ES BUENO NI MALO: ES POLÍTICO
El mindfulness, en sí mismo, no es liberador ni opresor. Es una técnica que puede ponerse al servicio de fines muy distintos —igual que un martillo sirve para construir una casa o para destruirla. En la vida todo es política, y el mindfulness no escapa a esa realidad.
La pregunta que planteaba este artículo no es si el mindfulness «funciona». Es si lo estamos usando para tolerar lo intolerable. Es una reflexión más política que científica la que dejo aquí.
Hacen falta tres cosas a la vez: mejor ciencia —estudios con muestras amplias y preregistro, no promesas de folleto—; más contexto —no basta con saber si una práctica funciona, hace falta saber para quién, en qué condiciones y al servicio de qué objetivo—; y criterio para no dejar que la técnica sustituya a una acción colectiva frente a lo que hay que cambiar.
Como proponía Purser, la respuesta no es abandonar el mindfulness, sino liberarlo de sus ataduras neoliberales y devolverle el potencial transformador con el que nació. La práctica individual y el compromiso colectivo son, cuando se hacen bien, la misma disciplina en dos escalas distintas.
Nadie te está pidiendo que dejes de practicar mindfulness si te sirve. Te estoy recordando que no lo confundas con la respuesta a lo que el malestar que te llevo a practicarlo te estaba mostrando.
En la era en la que estamos entrando, la responsabilidad individual y el talante personal no se ejercen respirando hondo frente a lo que hay que abordar, ni tampoco descartando de plano cualquier práctica que ofrezca calma. Se ejercen sosteniendo las dos cosas a la vez: la calma que ayuda a atravesar las dificultades, y la lucidez para no confundirla con el cambio que sigue pendiente.
OM.
© Victoria Malvar, 2026
Fuentes citadas
Folk, D., y Dunn, E. (2023). A systematic review of the strength of evidence for the most commonly recommended happiness strategies in mainstream media. Nature Human Behaviour.
Puterman, E., Zieff, G., y Stoner, L. (2024). Strength of evidence for five happiness strategies. Nature Human Behaviour.
Wilkie, L., Fisher, Z., Geidel, A., et al. (2026). A systematic review and network meta-analysis of randomized controlled trials of well-being-focused interventions. Nature Human Behaviour.
Purser, R. E. (2019). McMindfulness: How Mindfulness Became the New Capitalist Spirituality. Repeater Books.
Entrevista a Ronald Purser en CBC Radio (2019).
Kreplin, U., Farias, M., y Brazil, I. A. (2018). The limited prosocial effects of meditation: a systematic review and meta-analysis. Scientific Reports / Nature.
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