Volver al tacto. Volver a compartir.

Volver al tacto. Volver a compartir.

Estamos ante un cambio que sucede ante nuestros ojos y que tardaremos años o siglos en entender; un cambio qué está moviéndonos por dentro y por fuera. Seguramente serán las próximas generaciones las que puedan hacer una lectura comprensiva de largo alcance, no nosotros.

La IA es el síntoma más visible del cambio de era que vivimos juntamente con el cambio climático o las migraciones, pero eso no es lo que de verdad está cambiando.
Lo que cambia radicalmente es nuestra relación con el trabajo, con el conocimiento, con el tiempo, con el aprendizaje y con los demás seres humanos.

Otro aspecto que está cambiando de formar radical es que nos estamos deshumanizando, es decir, perdiendo capacidades humanas que manifestamos a muchos niveles. Durante décadas organizamos la vida alrededor de producir, especializarnos y afinar la mente con datos y hechos. Ahora una parte cada vez mayor de lo que hacíamos con la cabeza puede hacerlo, o ayudarnos a hacerlo, un sistema artificial.

Eso obliga a una pregunta ¿qué queremos hacer nosotros con nuestra vida, con nuestro tiempo, con nuestro cuerpo?

Creo que parte de la respuesta pasa por recuperar algo que llevamos tiempo dejando en un segundo plano: la experiencia encarnada de tener cuerpo y ser humanos. No para volver atrás — para avanzar de otra manera, en otro contexto histórico y social: el que está ahora comenzando.

La abstracción cotidiana

Buena parte de lo que hacemos hoy ocurre lejos de la materia, de lo físico. Pensamos, escribimos, gestionamos, compramos, aprendemos y nos relacionamos a través de una pantalla. Hay días en los que podemos pasar horas sin tocar nada que no sea un teclado. El resumen es que nuestro cuerpo, con sus dedos y sus ojos, ha estado trabajando para la mente y para lo tecnológico el 90% del tiempo. Y quizás, en un gimnasio, aparatos y máquinas, pero fuera de un ambiente natural.

No somos solo mente. Somos cuerpo: percibimos, tocamos, nos movemos, olemos, escuchamos, manipulamos objetos, nos sincronizamos físicamente con otra gente, si nos damos el tiempo y el espacio para hacerlo, claro.

Somos una especie animal como las otras que no interactúan con la tecnología en su día a día, y esa parte física y cognitiva, instintiva, merece la pena ser honrada, reconocida y sobre todo, vivida.

Hay una inteligencia que aparece únicamente cuando hacemos algo con las manos — cocinar, modelar barro, plantar, bailar, coser, reparar, tocar un instrumento. No es una inteligencia aparte de la mente. Es la mente integrada con el cuerpo, la percepción y la acción.

Quizá una de las tareas de este cambio de era sea recuperar esa integración en su debido orden: primero el cuerpo, la mente a su servicio.

No hay que elegir entre la herramienta y la vida

No creo que la respuesta sea rechazar la tecnología, ni enfrentar inteligencia artificial y ser humano como si fueran bandos. La tecnología forma parte de nuestra evolución y va a seguir transformando cómo vivimos. Eso es innegable.

La pregunta clave es otra: qué queremos delegar y qué queremos seguir experimentando en primera persona. Podemos usar herramientas extraordinariamente sofisticadas y, al mismo tiempo, necesitar cocinar para alguien que queremos. Podemos aprender con IA y seguir necesitando un maestro o un grupo con quien practicar. Podemos trabajar en digital toda la semana y necesitar caminar por un bosque el sábado.
Las experiencias puramente humanas de hacer cosas humanas con otros humanos sin interferencia de máquinas tiene un valor gigantesco aunque el resultado se pudiera conseguir de otra forma, más rápido, eficiente o mejor. Equivocarse y ser imperfectos es una de las características que a los humanos nos hace tremendamente fascinantes.

Esa distinción, entre lo que delegamos y lo que queremos seguir viviendo como humanos, puede ser una de las decisiones más importantes de los próximos años.

Volver a las manos

Por eso me interesa reflexionar sobre esto: ¿qué podemos hacer con las manos, con los ojos, con el tacto, con el gusto? No busco una lista de hobbies para rellenar el tiempo libre, sino reflexionar sobre cómo queremos habitar la vida.

Se puede crear con materia — cerámica, madera, cuero, tejido, encuadernación. Se puede cultivar un huerto o cuidar unas macetas en un balcón. Se puede cocinar de verdad: hacer pan, fermentar, recuperar las recetas de la abuela. Se puede reparar en vez de sustituir: una bicicleta, un mueble, una herramienta. Se puede cantar en un coro, tocar un instrumento, aprender percusión. Se puede bailar, caminar, escalar, remar. Se puede cuidar animales, personas o un lugar que lo necesita. La lista es larga.

Ninguna de estas actividades es la importante en sí misma. Lo interesante es lo que pasa alrededor de ellas y qué nos sucede a nosotros que nos implicamos en realizarlas, en vivirlas.

Hacer con otros

Se puede hacer cerámica, senderismo, cocinar o cultivar estando solo. Pero cuando estas prácticas se comparten pasamos a otra dimensión: el aprendizaje mutuo, la ayuda, la conversación, el humor, el conflicto también, y la posibilidad de conocer a alguien sin depender de hablar sobre uno mismo.

Esto importa especialmente ahora, cuando tanta gente necesita más conexión y más pertenencia. Puede que hayamos puesto demasiado peso en «comunicarnos», muchas veces de maneras falsas y superficiales, y muy poco en hacer cosas juntos. Algo cambia cuando hay un tercer elemento entre dos personas: no hace falta quedar para «conocerse», se puede quedar para cocinar, para caminar, para plantar, para construir. Y mientras se hace eso, a veces, aparece una relación o una comunicación genuina. Y eso es un tesoro.

Los vínculos resonantes no se fabrican

Llamo vínculos resonantes que necesitamos hoy, son esas relaciones donde hay reconocimiento, presencia y algo que se intercambia de verdad. No hace falta pensar igual que el otro. No hace falta que sea intenso desde el principio.

La resonancia suele aparecer cuando hay algo compartido que permite encontrarse desde un lugar más propio: una práctica, un oficio, una sensibilidad, una manera de mirar o de estar en el mundo Y casi siempre hace falta tiempo para desarrollarlo y descubrirlo.

Por eso, en vez de buscar «¿dónde puedo conocer gente?», el enfoque nos lo puede dar la pregunta: «¿dónde puedo hacer algo que me importe con quien también lo disfrute?». La primera busca relaciones directamente. La segunda búsqueda se dirige al contexto donde puedan nacer, que es donde de verdad suelen originarse este tipo de vínculos resonantes.

Recuperar espacios de pertenencia

Durante mucho tiempo existieron espacios intermedios entre la casa y el trabajo: asociaciones, talleres, plazas, coros, huertos comunitarios, fiestas de barrio, oficios compartidos. Algunos han desaparecido. Otros se han sustituido por formas de relación más individuales, más digitales, más orientadas al consumo.

Necesitamos activar y crear lugares donde poder ser alguien entre otros sin ser cliente, empleado o perfil. Lugares donde ser aprendiz, principiante, vecino, cuidador. Recuperar o crear esos espacios puede ser una de las tareas culturales de este cambio de era, porque una comunidad no se construye compartiendo ideas. Se construye compartiendo tiempo en el nuevo tiempo.

El derecho a lo inútil

Hemos aprendido a justificarlo casi todo. ¿Para qué sirve? ¿Me hace más productivo? ¿Me ayuda profesionalmente? Hasta el tiempo libre se ha convertido en otro proyecto de optimización con agenda delirante y estresante. El estrés se glorifica como marca previa al éxito. Eso es atroz y es inhumano.

Necesitamos recuperar el derecho a hacer cosas sin utilidad inmediata, sin prisa, sin agenda. Hacer pan porque gusta. Bailar o mover el cuerpo al son de la música, aunque nunca se baile bien. Cultivar tomates que se podrían comprar más baratos en el mercado. Cantar sin tener una gran voz. No todo lo que vale la pena tiene que convertirse en productividad.

No sabemos todavía qué lugar va a ocupar la IA en nuestra vida dentro de diez años. Algunos escenarios son preocupantes. Pero sí podemos decidir ya qué lugar queremos dar a nuestro cuerpo, a nuestras manos, a nuestras relaciones y a nuestras comunidades.

Quizá el objetivo de este cambio de era para la especie humana no sea solo replantearnos qué vamos a ser capaces de hacer, sino qué queremos seguir viviendo y experimentado desde nuestra humanidad. Y también, algo más preciso: qué queremos volver a hacer juntos, cómo vamos a seguir disfrutando, jugando y creando juntos.

Esta es una reflexión basada en una aplicación práctica de lo que la era del Fenix Durmiente que comienza en 2027 trae para todos nosotros. Si quieres aprender más sobre el cambio epocal que comienza en 2027 y va a durar 400 años, visita la Plataforma Potencial Humano y aprende en línea a tu ritmo o ten una sesión individual conmigo para aprender más sobre tu caso particular en este importante tránsito.

© Victoria Malvar 2026